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Vivian Martínez - Revista Conjunto / CUBA
Apropiaciones de la
tradición popular y los clásicos
Vivian Martínez Tabares
Venidos de Italia, los
titiriteros Chiara Bindi y Miguel Rosario, componentes de Il Bernaccolo,
trajeron al 24 Festival la recreación escénica de una pieza de la
tradición popular, Pierino sul pero, con una bruja llamada
Sinforosa, mala pero simpática; una niña que puede volar y que por ese
mismo don es víctima de la bruja, que la ha encarcelado en su torre; un
perro zalamero y osado y un niño, Pierino, que luchará con éxito por
salvar a Margarita.
A la entrada a la sala, la
puesta en escena atrae por la riqueza visual de los muñecos y la
escenografía, cuyos diseños también están a cargo de los dos únicos
intérpretes y bajo la dirección de Rosario. Inmediatamente llama la
atención la depurada técnica de manipulación que exhiben ambos, capaces de
sacar partido de las posibilidades de los títeres y de integrarse con
ellos en movimiento y energía de tal modo que logran, por momentos,
hacernos olvidar del manipulador y disfrutar al personaje como un ente de
suficiente presencia viva.
La lucha del bien contra el
mal centra una trama que, bien asumida por los artistas, les permite abrir
un espacio de juego y participación cuando los niños intervienen y
sugieren o comentan en torno al devenir de la acción, con lo que Chiara y
Miguel muestran capacidad de improvisación y respuesta sin perder los
rumbos de la pieza, y ofrecen un espacio de confianza e intervención
activa a los pequeños espectadores.
Sólo Miguel debe cuidar su
dicción, un tanto atropellada, que impide la audición cabal del texto
inicial de la obra, fundamental en un teatro en el cual objetos inanimados
cobran vida por obra y gracia de la intervención de sus manipuladores.
La agrupación maracucha
Actores de la Ciudad –fusión de integrantes de varios grupos estables con
el fin de impulsar producciones que superen dificultades del medio--,
trajo la comedia Noche de reyes, de Shakespeare, en una suerte de
versión que elimina algunos personajes no centrales y que hace alternar el
título original con el más profano de Lo que nos da la gana. Esta
perspectiva juguetona en el montaje de Javier Rondón comporta la intención
de explorar en el lenguaje local de Maracaibo –luego de un pequeño taller
de revisión de las traducciones de Astrana Marín, Valverde y Martínez
Estrada--, a la vez que en la visualidad regional que les es más propia.
El diseño escenográfico del
propio Rondón, austero, minimal y dúctil: apenas una plataforma plegadiza
que puede revelar algún pequeño juego cinético en su reverso, es efectiva
y funcional para los propósitos de la puesta, al igual que el vestuario de
Efrén Rojas, en el cual simples prendas contemporáneas a las que se han
añadido elementos ornamentales afines a la época de la acción, se
transforman en piezas “de época” en un juego que, lejos de ocultar el
artificio, lo hace evidente y ostensiblemente teatral. Resalta sin embargo
como nota disonante, el vistoso traje de Olivia, carente de esta sugerente
dualidad.
Si bien este montaje propone
y consigue un juego dinámico que, a partir del clásico, pretende dialogar
con la cultura maracucha contemporánea –sería conveniente revisar cierta
insistencia con la frontalidad de las acciones escénicas--, requiere un
trabajo más profundo en la dirección de actores. Es fácil entender las
variadas maneras de proyectar su trabajo entre los diez actores, a partir
de procedencias y grados de experiencia diversos, y es un aspecto que la
dirección debe insistir en pulir y equilibrar dentro de un estilo común.
Resalta en su interiorización y sentido de la verdad el bufón Feste de
Michel Labarca, un joven actor con estimable talento y recursos expresivos
de amplio espectro para encarnar la dinámica de este personaje, decisivo
en el discurso esta Noche de reyes o Lo que nos dé la gana.
Dos miradas
al universo femenino
Vivian
Martínez Tabares
Como crítica interesada en aprovechar al máximo
las funciones disponibles, y apremiada por el deber --para con los
organizadores y artistas participantes--, ante el Foro Crítico, reclamo a
grupos y actores cumplir con puntualidad los horarios de inicio. En la
noche del lunes, por retraso de veinte minutos del comienzo de la función
de Casting, a cargo de la actriz española Eva Egido, de Acciones
Imaginarias, bajo la dirección de Rubén Vejabalbán, tuve que abandonar la
sala antes del final, presionada por el riesgo de perder la segunda opción
de la noche.
Por eso, lamentablemente sólo puedo comentar
algo más de la mitad de los pasajes contenidos en esa puesta. Resultado de
una investigación desde la perspectiva de género, con estructura
fragmentada, Casting presenta –y denuncia, por la vía de la
recreación simbólica-- conflictos que padece hoy la mujer, víctima de
sociedades machistas –no sólo a nivel de los prejuicios sino también de lo
profundamente estructural cuando una mujer puede percibir, por el mismo
trabajo, treinta por ciento menos de remuneración que el hombre--,
globalizadas y neoliberales, en las que la sobrevaloración de la
apariencia física y la condición de subalternidad, entre otros, impactan
la existencia de una parte importante del mundo contemporáneo.
Extrañé de la proyección actoral mayor variedad
de registros en el tránsito de una a otra fémina, y me pregunté, en una de
las primeras “historias”, qué se escondía tras la enumeración en orden
alfabético de nombres de mujeres, más allá de la condición de
celebridades, donde coexistían Anaís Nin con Margaret Tatcher o Jane
Champion.
La otra parte de la cartelera también tuvo un
acento femenino. La noche de Molly Bloom, de José Sanchis
Sinisterra, recrea el capítulo final –el tan famoso monólogo interior, sin
puntuación, como torrencial corriente de conciencia-- de la emblemática
novela de James Joyce, Ulises. Llevada a escena por el Taller
Experimental de Teatro, bajo la dirección de Elizabeth Albahaca, nos
reveló a una actriz de rotunda presencia y poderosa voz, María Fernanda
Ferro, secundada en silencio por Ludwig Pineda.
El montaje elige una abierta relación de
intercambio cómplice con el público –según supimos luego, diferente al
enfoque de su estreno y primera temporada-- por medio de las miradas
directas de la actriz y de su consciencia permanente de nuestra presencia.
El desafiante recibimiento, mientras nos espera y observa desde la cama,
promete una radicalidad transgresora que no se verá cumplida a lo largo de
todo el montaje.
Creo que, de retomarse la perspectiva de
exploración interior –en el que la intérprete se mire por dentro y
construya un discurso sicofísico en consecuencia--, y de valorar la
posibilidad de introducir al elocuente texto –cargado de humanidad y
belleza--, pausas y silencios que se llenen de acción física alternativa y
contrastante –más trasgresoras a nivel del lenguaje escénico
contemporáneo--, la puesta podría ganar en riqueza y efectividad
comunicativa. Y sumar impacto renovador a los valores artísticos –cuidada
emisión y dicción, organicidad, armonía del diseño visual, exploración
espacial-- que ya posee.
Una mirada
cubana a La casa vieja
Vivian
Martínez Tabares
Una mujer
de casi cuarenta años vencida por el hastío se contorsiona en el espacio
cerrado de una cuadratura asfixiante --"La vida es una mieeerda"--, y con
un ritmo enrarecido transforma gestos cotidianos en posturas provocadoras.
Un hombre empecinado en no salir de sus propios límites --"¿Hasta cuándo
vamos a seguir cambiando?"--, muge como una bestia. Otro hombre se
desplaza entre ellos buscando las raíces, por momentos cojea, adopta
posturas de ambiguo amaneramiento, alterna afecto y hostilidad, se
desgarra y provoca desgarramientos --"...todos somos tan distintos..." Son
tres hermanos, tres posiciones ante la vida, tres caras de nuestra propia
faz social, una suerte de espejo múltiple, roto e hiriente, que nos obliga
a rearmarlo trozo a trozo. Es La casa vieja, versión del Teatro
D’Dos, bajo la dirección de Julio César Ramírez.
Si el texto
de Estorino conserva su vitalidad a nivel conceptual treintitrés años
después de escrito --aún el autor lo considera su obra más vigente--, es
notable el efecto de aprovechar esa virtud y subrayarla por parte del
joven colectivo, al sintetizar la obra original de los "clásicos" tres
actos a una estructura mucho más móvil y afín a la sensibilidad del
espectador de hoy, y limpiar el texto de parlamentos y personajes que
ahora nos damos cuenta que pueden resultar excluibles --como el propio
autor aceptó al enfrentarse al montaje y considerar esta versión, también,
como suya--, con lo que el discurso textual se concentra, al elegirse una
dramaturgia espectacular también sintética, austera, donde el valor de la
palabra está al mismo nivel que la gestualidad, siempre estilizada o
extrañada, junto a cierta atmósfera subterránea o subliminal pero
igualmente expresiva. El diapasón de registros vocales y sonoros que
componen los actores marca un ritmo palpitante que invita a leer la obra
también a través de algo más abstracto e intangible, que tiene que ver con
lo sensorial y lo lúdico.
Hablaba de
fidelidad porque la composición de este discurso nuevo, que se arma
también con fragmentos de boleros y congas de los 60, suspiros, mugidos de
animales, golpes acompasados, ráfagas de viento, tazas que caen de golpe
para estrellarse contra el suelo, posturas congeladas como fotos para
enmascarar la verdad o figuras que recuerdan una estatuaria sublimada,
lejos de traicionar la primacía de la palabra y la vocación realista del
maestro, las reevalúan y enriquecen, a la luz de buscar su más profundo
sentido y eludir el acercamiento directo, para proponer en su lugar cierta
subversión estilística en que las situaciones se cuestionan desde la
parodia y la ironía.
Distancia
crítica y subpartitura se integran inseparablemente en la labor de Daisy
Sánchez, Jorge Fernández y Julio César Ramírez --de ahí la inteligencia de
aprovechar fuentes diversas y apropiárselas a fondo--, para impactarnos
con presupuestos conceptuales semejantes a los defendidos por Estorino a
principios de los 60 y que se resignifican en las postrimerías de los 90.
La
propuesta trasciende la problemática generacional o las contradicciones
entre viejos y nuevos valores en el núcleo de la familia, para apuntar a
temas mucho más esenciales como el valor de la verdad y la desmitificación
de sus nociones absolutas; la validación de lo distinto, para encontrar en
“el otro” una posible alternativa moral quizás más plena; la consecuencia
necesaria para enfrentar los avatares de la vida personal en un contexto
social sacudido por agudas contradicciones, temas que encuentran en el
espectador cubano de los 90 un interlocutor expectante que participa,
asume y completa más allá de la sala, para dinamitar, a nivel del
pensamiento, el espacio de la cuadratura y sus propios inmovilismos.
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