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Juan Martins / VZLA
A medio camino
juan martins
«A veces me siento sola» un espectáculo dirigido por Héctor Armas y
escrita por Flora Ovalles (España I), me hizo recordar una expresión de
Gustavo Ott, cuando en una de sus entrevistas —que en este momento no
recuerdo su fecha— decía que su teatro iba a medio camino entre el teatro
comercial y el teatro «duro». Esto quiere decir, de acuerdo a como lo
interpreto, que algunos elementos estéticos que usa el teatro comercial
están involucrados en una gran parte de su dramaturgia. Y a decir de su
obra el tratamiento del humor es evidente en una pieza como «Divorciadas,
Evangélicas y Vegetarianas» (1989) en cuanto a que el público recepta
esos niveles del humor que hoy hartamente conocidos en el teatro
comercial: lo femenino, la ciudad y el lugar del hombre en esa diatriba.
Ese humor en el teatro que le ha traído público a la taquilla, fenómeno
que no le es exclusivo al teatro venezolano, ha sido tratado sí, como un
antecedente, muy bien hecho en el teatro de Ott, lo cual ya ha consolidado
un discurso en lo estilístico, incluso, en el uso del humor.
No voy a destacar, por un problema de espacio, aspectos de ese humor,
pero si como elemento de comparación cuando vemos en el escenario, a estas
alturas, un espectáculo con aquél mismo tratamiento, en su intención, del
humor y lo femenino.
En este sentido debo decir que si bien el público ha receptado con
alegría este tipo de evento en el que la jocosidad de lo femenino se
establece como rigor en pro del espectador, no es menos cierto que todo el
espectáculo se cierne en lo comercial el cual se regodea con la risa fácil
y el evento doméstico de la mujer como víctima del hombre.
Digo todo esto para poder aportar elementos a la actriz Zaida Belén
Martínez en el rol de «Zaida» que le permitan diferenciar aquello de ir a
medio camino en el teatro. Y definir un material rico que puede explotar
tanto en la actuación como en la puesta en escena propiamente dicha.
Pienso, como ejemplo, en que el trabajo debió más bien en ir (des)construyéndose
de manera que lo doméstico (la apariencia de la actriz) apareciera al
final no al principio. Así tendríamos el cuento de una dama, y su vida
doméstica, con una fuerza más dramática que ayudaría hacia el ritmo de la
pieza. Ese ritmo pudo identificarse con una mayor teatralidad si la
actriz acentuara sus emociones hacia aquella expresividad. Es decir,
conducir un habla, por más atractivo que sea, frente al público, no lo
hace teatral tampoco dramático. Hecho que suele suceder con las comedias
ligeras tan en boga en el teatro comercial y que aquí se repiten. Estoy
seguro que delimitando la actriz su propósito, tendrá un buen espectáculo.
Minué a
medio blanco
juan
martins
Cuando replanteamos los elementos de la
alteridad, la ruptura del tiempo, la (des)fragmantación de la palabra,
nos introducimos en un teatro estrictamente contemporáneo. Y así nos los
hizo ver el espectáculo del «Teatro Profesional de Valera» con la pieza
del autor Oswaldo Camacaro, bajo la dirección Giuseppe Grasso. Los
mecanismos de la puesta en escena figuran un tratamiento con lo extraño y
lo fantástico cuando aquello de la alteridad se pone en juego mediante la
unidad de las actuaciones que se representó. Tal representación se
identificó con un uso del cuerpo coherente con un teatro el cual podríamos
decir, en parte, del absurdo. Pero decirlo de esta manera sería un
eufemismo cuando dejamos a un lado la manera en que fue tratado lo
estilístico en pro de una estructura del humor. Entonces estamos ante una
comedia no convencional. Por una parte, están planteados los signos de la
escenificación y, por otro, aquellos que son estrictamente verbales como
lo son el parlamento, el texto y los sonidos vocales en el uso de la voz.
En un segundo lugar, están componiendo todos aquellos signos de la
escenificación o, como señala cierta teoría teatral: el modo en que se
ajustan los signos no-verbales en el espacio escénico.
El espacio escénico nos muestra una relación
con la alteridad puesto que se transgrede un tiempo por otro, un lugar en
otro. En esa medida el tiempo y el espacio van definiendo un sentido de la
sintaxis del relato teatral. El presente y el pasado se bifurcan en
aquella sintaxis, ordenando una lógica que es parte de la realidad del
espectáculo. De allí, lo extraño, lo diferente, el (des)tiempo. La obra se
(re)construye constantemente. En virtud de esta disposición del uso
teatral, hemos definido a esta obra como una obra del absurdo. Pero trato
de decir que lo interesante se pone cuando quien protagoniza aquí es
humor, lo extraño de las relaciones humanas y el concepto que tenemos de
la familia en nuestra sociedad. Trasciende esa realidad hacia una nueva:
los valores se invierten como se invierte el tiempo.
Sin este argumento no podríamos entender la
belleza de este espectáculo que estaba en un orden epistemológico
diferente y que las emociones colindaban con lo extraño. Las actuaciones
así lo definen en el mismo nivel emocional. Cada uno de sus actores: Frank
Sulbarán («Sara»), Franciso Rivera («Cartero») y Ciro Di Nucci («Clara»).
La capacidad mostrada por estos se evidenció. Lo que sin notamos es
algunos problemas con la progresión dramática que nos confundió en una
retórica que repetía elementos e imágenes. Por un momento sentíamos que la
obra ya se había terminado en los primeros cincuenta y cinco minutos, lo
cual se sugiere, para la riqueza misma de aquellos signos estructurados,
encontrar la posibilidad dramatúrgica de llevarla a ese tiempo. Y tenemos
entonces un espectáculo sugerente y de una belleza que nos introdujo a
unas posibilidades diferentes de significación.
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