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Buno Bert / MEXICO
Un teatro de cachiporra
Bruno Bert
Una
de las características más seductoras del Festival de Teatro de Occidente
es su pluralidad, tanto de contenidos como de estéticas, capaces de
reflejar el arte escénico de muy diversas espacios, tanto venezolanos
como extranjeros. Anoche nos tocó ver dos ejemplos que en su diversidad
terminan vinculados por la violencia que contienen.
El primero es del grupo Arbolé, de España, que presentó un bululú
(es decir un espectáculo unipersonal basado en las técnicas del teatro
trashumante clásico de la península) que lleva por nombre Tragedia de
amor y cuernos, a manos de Iñaque Juárez Montolío.
Tradicionalmente se trataba de un artista popular cargado de experiencia y
también vicios expresivos, por supuesto, que arma su espectáculo como una
suma de retazos a los que da unidad la habilidad y las mañas del que
funciona como actor, manipulador y multiuso. Y aquí no es la excepción.
Juárez Montolío estructura su trabajo con una poesía de Nicanor Parra y
fragmentos de Valle Inclán y García Lorca, destinados a retablo de
muñecos, con ejemplos clásicos del teatro de cachiporra. Pero, más allá de
los referentes ilustres, es la vida del actor la que nos atrae y la suma
de sus virtudes y limitaciones, accidentes e improvisaciones, capaces
todas de hacer del defecto virtud, como dice el refrán, y arrancarnos el
aplauso a partir de la simpatía y la básica efectividad de comunicación
con el público.
El segundo tiene origen venezolano, y es el grupo Garage, con una
obra de Alberto Ravara, que funge aquí también como director. El
espectáculo se llama Condecorado y es una reflexión de carácter
político sobre las estructuras generacionales que es recibida,
especialmente por los jóvenes de una manera francamente entusiasta.
Es material es una suma heterogénea de estilos, literarios y de puesta,
que usa la estridencia y la saturación permanente, tanto en la imagen
como en lo verbal, para acosarnos en un doble discurso que se contrapone
de manera constante. Predominan los fragmentos de carácter realista, sobre
todo en el texto, mientras que las imágenes oscilan entre el grotesco y un
neo expresionismo. El montaje utiliza la fragmentación e incorpora
aquellas técnicas procedentes de los medios masivos de comunicación a las
que están acostumbradas especialmente las nuevas generaciones, mezclando y
contraponiendo de manera que la síntesis no se de en al ámbito del
escenario sino sobre todo en el cuerpo y la cabeza del espectador. Un
teatro irritante, provocativo, tal vez displacentero, pero sumamente
interesante y efectivo que vale la pena ver y discutir en su doble
vertiente tanto estética como ideológica.
De sueños y lenguajes
Bruno Bert
El Festival avanza a toda marcha entre espectadores entusiastas y obras
capaces de provocar tanto el interés como la polémica. Ahora nos ha tocado
ver Dollwrist, de Juan Martins, y La noche de Molly Bloom,
adaptación de José Sanchiz Sinisterra del último capítulo del Ulises. Ambos
productos venezolanos.
En el caso del primer trabajo, se advierte de inmediato la fascinación del
autor por los sistemas de lenguaje, sobre todo aquellos relacionados con
los medios masivos de comunicación, y dentro de estos las estructuras
tópicas que, lavadas de sentido, se insertan como sustituto en las
estructuras de telenovelas, publicidades y demás, donde abunda el kitch
o el gore como elementos estilístico. Este especial interés genera
que tanto las imágenes de la puesta, como los sistemas de actuación y los
núcleos textuales sean fragmentos que ejemplifican los lugares comunes del
lenguaje escénico en una acumulación que yuxtapone partes y fragmenta
discursos sin crear realmente un producto final consecuente y unitario. Es
decir, que lo que recibimos es más bien la cantera de la cual debieran
extraerse selectivamente lo que, insertos en la construcción del autor y
director, serían los materiales sobre los que la obra trabajaría. Un proto
teatro que nos permite ver un proceso que seguramente estará enriquecido
en una segunda versión, mientras que ahora sólo nos asoma al mundo de
estos creadores sin entregarnos todavía realmente un elemento teatral
sintético y distintivo.
En lo que hace a La noche de Molly Bloom, nada que decir en cuanto
al texto, ya que en él se reúnen creativamente dos escritores de la talla
de Joyce y de Sinisterra. Tampoco de la actuación, muy solvente, de María
Fernanda Ferro. Sin embargo, en lo que hace a la dirección de Elizabeth
Albahaca, cabrían algunas preguntas que naturalmente cambian el producto
según la respuesta que el colectivo les de. La primera se refiere a la
relación entre el público – unas 30 o 40 personas que rodean la cama del
personaje - y la actriz. Aquí existe una vinculación directa a través de
la mirada. ¿Qué sucedería si el público entra, permanece y sale del
espacio en situación abierta de “mirón” de un acto íntimo? La segunda
tiene que ver con los ritmos, aquí bastante unificados, que ponen a la
actriz casi en dependencia de la atención del público y no al público en
espera curiosa de las caprichosas corrientes del sueño. Y por último ¿Cómo
recuperar el valor transgresivo de las imágenes que acosan a Molly -
relacionadas casi todas a la relación de género y a la sexualidad de la
mujer – cuando el siglo que ha pasado desde su escritura nos ha lavado del
valor corrosivo de lo escatológico tanto en las imágenes como en el texto?
En definitiva un material sumamente atractivo que nos carga de preguntas
porque justamente se ubica en la zona ambigua de las significaciones.
Bueno, evidentemente en el Festival de Teatro de Occidente hay de todo y
para todos. Vale la pena seguir el recurrido de sus propuestas.
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